Una de las cosas más intrigantes sobre los recuerdos es que toman vida propia: la mente altera y reconstruye las memorias según las experiencias y percepciones de cada uno. La memoria es lo que le permite a los niños aprender a hablar y a los adultos a construír su propia identidad; a partir de los recuerdos desarrollamos un sentido de pertenencia a nuestro entorno y encontramos nuestro lugar en el mundo. Es a través de la manipulación de estas experiencias fragmentarias, a través de la memoria, que nos encontramos con los temas que explora la obra de Nadia Martynovich.

En el trabajo de Martynovich, navegamos los paralelos entre estas experiencias en un elegante vaivén que nos transporta entre diferentes temas: la memoria, el pensamiento, la percepción y los sentidos de lugar y pertenencia. Más precisamente, se aprecia la apariencia de las cosas en diferentes etapas de desarrollo: se captura un instante en un autobús o el momento en el que uno se levanta de la cama (Fragmentos de Imágenes, 2008), un primer viaje a la playa (La presencia de una ausencia, 2009) o una pesadilla vívida (Catálogo de los perversos, 2002; El último recuerdo de la raza humana, 2010).

Martynovich juega con nuestra percepción y empuja a la superficie las interrelaciones que existen entre objeto, tradición, construcción y ruina. No le alcanza con crear una simple reproducción de lo que tiene enfrente; el único retrato que le interesa pintar es el de una persona que se desvanece ante sus ojos (Tedio, 2011/2013), el de edificios en construcción o, quizás, en ruinas. A veces es difícil distinguirlos, pero en cada instancia contemplamos su interior, los colores y las líneas que se enredan y juegan entre luces y sombras (Des-construcción nostálgica, 2012/2013). Los lienzos de madera sobre los que aparecen estas imágenes le añaden profundidad a la obra, confiriéndole una legitimidad adicional, al intensificar la sensación de que hay algo que está construyéndose o demoliéndose.

En su obra, Martynovich ahonda en su sentido de pertenencia, aunque sería un error encasillarla junto a artistas influenciados en gran medida por la identidad argentina. En cambio, el arte que ella crea se inspira en el ambiente que la rodea, el barrio de Floresta y la ciudad de Buenos Aires. Si vivera en cualquier otro sitio, sin duda lo veríamos reflejado en sus creaciones. Aun así, lo que más sorprende de sus imágenes es el distintivo sentido de lugar que capturan: en ellas se crean pequeños mundos que, a primera vista, son familiares, pero en los que siempre hay algo que no encaja del todo. Es como el recuerdo de un sueño, que a simple vista parece normal, hasta que uno advierte las paredes desfigurándose de forma grotesca.

Y así llegamos a la nueva serie de trabajos en acuarela y grafito de Martynovich, acertadamente titulada Las cosas que nunca existieron, que, de algún modo, representa una continuación de su obra previa, aunque, cuando la examinamos más detenidamente, se revela muy distinta. Si bien hay ecos de sus trabajos anteriores en el manejo del estilo y el color, los temas y los motivos son completamente diferentes. Nos encontramos frente a una serie de escenas, algunas familiares, otras extrañas y desorientadoras, en las que siempre figuran personas. Son escenas que visiblemente provienen de la historia, de una época lejana. Los personajes que habitan el espacio representado en estos dibujos carecen de rasgos y se fusionan con el fondo o se manifiestan en los momentos más inesperados, como la historia misma.

En Las cosas que nunca existieron nos encontramos frente a un logrado equilibrio en el que cada uno de los objetos presentes es tan importante como los que han sido omitidos. Poco importa que esta muestra de moderación sea una decisión consciente de Martynovich o el resultado de un proceso más intuitivo. Lo que importa es el efecto que provoca en nosotros como público: crea un sentido de movimiento extraño y resonante y nos da la oportunidad de llenar el espacio con nuestra mente para que podamos volcarnos plenamente en la obra y la llevemos un paso más allá.

Las cosas que nunca existieron, al igual que las obras más destacadas de Martynovich, evocan un sentido de inevitabilidad y urgencia que hace que las imágenes frente a los ojos tomen vida, como incitándonos a verlas antes de que se transformen en otra cosa."

—Daniel Beauregard







Nadia Martinovich —Artista visual

Nace el 24 de marzo de 1987 en Buenos Aires. Es Licenciada en Artes visuales egresada de la UMSA (Universidad del Museo Social Argentino), con especialización en Pintura, y Técnica en artesanías aplicadas E.T. Nº6 Fernando Fader.
Concurrió a talleres dictados por Ricardo Vicentino, Estanislao Florido y Mariano Lucano.
Hizo clínica de obra con Tulio de Sagastizabal y a proyecto PAC durante el 2014.


Exposiciones individuales

2016. Las cosas que nunca existieron (Galería Quimera, Buenos aires).
2015. Des-construcción nostálgica. Demolición – vestigio (Galería Pasto, Buenos Aires).
2014. Instalación “Des-construcción nostálgica, Cúmulo II, (El ojo errante, Buenos Aires).
2011. La presencia de una ausencia (Espacio Cultural La Caja Verde, Buenos Aires).


Exposiciones colectivas

2016. 12 en una sala (Centro cultural Recoleta. Buenos Aires).
2016. Transiciones (Fundación Sudestada 9,37, Buenos Aires).
2014. El cuadro roto (Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires).
2013. Cínico (Espacio La Tomada, Buenos Aires).
2013. Muestra colectiva de dibujo (El ojo errante, Buenos Aires).
2013. Estudio Abierto ArteBA (Espacio Foresta, Buenos Aires).
2013. La preponderancia de lo pequeño (Naranja Verde, Buenos Aires).
2012. La línea peluda (Espacio Cultural MU, Buenos Aires).
2012. Festival niños consentidos (Centro Cultural Matienzo, Buenos Aires).
2009. Feria ArteBA (Proyecto A, Buenos Aires).


Premios y distinciones

2016. Mención especial del jurado, Salón Nacional de Artes Visuales, Categoría: Pintura (Palais de Glace, Buenos Aires).
2015. Selección en Premio Itaú Cultural Artes Visuales.
2015. Selección en Premio Fundación Andreani.
2013. Primer Premio, + Contemporáneo (Galería Pasto, Buenos Aires).
2008. Segundo Premio (Proyecto A, Buenos Aires).



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